4 de febrero de 2014

¡Luces!, ¡cámara!, ¡acción!


Se apagan las luces de la sala de cine. Lentamente comienza a aparecer el logo de la productora pertinente con una musiquita de fondo que cualquiera que no viva debajo de una piedra podría tararear. Y entonces empieza la magia. Y digo magia porque al igual que un mago, un cineasta se pasea por la delgada línea que separa realidad y ficción. Se sirve de trucos para hacernos sentir lo que quiere que sintamos, para hacernos ver lo que quiere que veamos y para hacernos creer lo que quiere que creamos. Hace que nos olvidemos de todo lo demás y que nos fijemos sólo en su actuación, manteniéndonos suficientemente alejados como para que no descubramos el truco. Al igual que un mago dirige nuestra atención hacia un punto para que no veamos cómo se saca la moneda de la manga o la trampilla oculta en el cajón, el cineasta usa su magia para que olvidemos que lo que estamos viendo es en realidad sólo una secuencia de fotogramas escrita por un guionista e interpretada por unos actores, todos ellos pagados por una productora multimillonaria la mayoría de las veces. 




Y lo cierto es que los grandes magos del celuloide lo consiguen.Cuando sales de la sala de cine sabes que te han manipulado, y lo mejor de todo es que nos gusta. Desde que que las primeras imágenes del cinematógrafo de los Lumière pasearon por el Salon indien du Grand Café, los espectadores de cine han querido que esas imágenes no les dejaran indiferentes. Si vemos un drama es porque queremos emocionarnos y si vemos una comedia es porque queremos reírnos, si vemos una película de terror queremos pasar miedo y si vemos una película de acción queremos sentir la adrenalina. Todos recordamos esos momentos que nos hicieron sentirnos capaces de cualquier cosa o por el contrario, que nos abrieron los ojos a una realidad diferente y dura. Porque el cine no se limita a darnos una dosis de soma en forma de final feliz para que podamos irnos a casa tranquilos. El cine moviliza. El cine nos empuja fuera de nuestra zona de confort. En mi opinión, el cine debería tener el fin de despertar algo en la gente. Ya sea la alegría de vivir tras ver una película de final feliz o la reflexión tras ver una de final no tan feliz. 
Pero sobretodo, el cine es realidad y magia a la vez. El cine te muestra que en la vida real hay veces que no hay finales felices y aún así consigue que lo intentes con todas tus fuerzas. 
Y esa es la verdadera magia del cine.






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