10 de junio de 2014

NEBRASKA


Nebraska. Sólo un estado y al mismo tiempo mucho más que eso en esta película de Alexander Payne. Sólo un estado al ser simplemente un representante del Medio Oeste americano que podría haber sido sustituido por cualquiera de sus estados vecinos. Y sin embargo, es más que sólo un punto geográfico, es un símbolo. Nebraska es la meta del protagonista, Woody Grant, un anciano (interpretado por un maravilloso y envejecido Bruce Dern) para cobrar un imaginario premio que a excepción de él todo el mundo puede ver que es falso. 
En este film, la "estafa" del premio es un particular Macguffin usado por Payne para poder contar la verdadera historia: la vejez. A través del viaje de padre e hijo por la América profunda, Payne nos muestra la vida que ya ha pasado en contraste a la que está sucediendo. Sirviéndose de diferentes personajes de la juventud de Woody, el film nos va descubriendo de manera sutil pero eficaz a este personaje y reconstruye el conjunto de decisiones que lo han llevado a donde está. El contraste del amigable Woody rodeado de amigos y hermanos al callado y arisco anciano que vemos ahora; del mujeriego y romántico al hombre que se conformó con una mujer que lo ningunea constantemente; del hombre que contaba historias con sus amigos de infancia al hombre del que todo el mundo pretende aprovecharse cuando piensan que es rico. Pero lo cierto es que todas estas historias no hacen más que aumentar la compasión que siente el espectador al darse cuenta de que cómo la vida de ese hombre se ha desvanecido hasta convertirse en un pobre hombre que arrastra a su hijo por medio país para finalmente no conseguir más que una gorra. Payne consigue que el espectador sienta lo que no podría llamarse de otra forma sino miedo. Miedo al darse cuenta de que ese anciano al que desde el principio se presenta como un fracasado, tiene un pasado lleno de buenos recuerdos, de personas que lo han querido, incluso de personas que lo han considerado un héroe. Y digo miedo porque se plantea la pregunta de ¿puede cualquier persona acabar así?¿puedo yo acabar así?.  

Este miedo se encuentra escenificado en el personaje del hijo de Woody, David Grant (Will Forte), arrastrado a un viaje sin sentido para poder complacer a su anciano padre. A lo largo de toda la película no queda duda alguna de que David quiere a su padre, pero de un modo compasivo y casi obligado. Sin embargo, al descubrir el pasado de su padre, su imagen de él va cambiando. Habiendo percibido a su padre siempre como un pobre borracho conformista descubre que la vida que lleva ahora su padre es sólo el resultado de una serie de decisiones que cualquiera, incluso él, podría haber tomado. Ese afecto por su padre torna en empatía, en entendimiento. Porque lo cierto es que a todos nos cuesta creer que nuestros padres tenían una vida diferente antes de que nosotros naciéramos, que eran personas diferentes, personas que podrían haber elegido una vida diferente. Una vez que David descubre esto, y aún sabiendo que no puede cambiar la vida de su padre, decide darle pequeñas satisfacciones que hacen que Woody sonría por primera y única vez en toda la película. 
En mi opinión, es sorprendente cómo Payne es capaz de representar igualmente el clima oscuro y miserable de la desesperación, y el cálido y tierno final usando la misma paleta de tonos negros y grises.
NOTA: 8



No hay comentarios:

Publicar un comentario